Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

miércoles, 16 de agosto de 2017

Termidor 17

     El caso, madame, es que este verano, a causa de su fallecimiento, devolvió a la actualidad la figura de Simone Veil y nos hizo pensar y comparar cómo sentíamos Santos y yo, al igual que otros seguramente, los mundos políticos y cómo se nos manifiestan ahora. Tal vez sea la nostalgia la que me lleva a escribirle a usted sobre este asunto o tal vez no, pero comprenderá que algunos abismos se han abierto entre aquellos años ingenuos y este presente aturdido.

     Del mismo modo que nos dábamos al juego nominal con los meses revolucionarios, era aquél un tiempo de intercambio de otros nombres y otros contenidos. Descubríamos figuras de la política francesa que nos animaban no tanto a disputar como a compartir, sobre todo en un país como el nuestro donde, al contrario de lo que presumían los falangistas perennes, nunca terminaba de amanecer. Lanzábamos en la conversación un nombre, un prenom como dicen ustedes, y nos obligábamos a rastrear biografías y trascendencia. El de Simone fue uno de los más sobados, pero también el de François en los últimos años de nuestra complicidad intelectual. El de Valery nos servía de comodín para las bromas. Lo cierto es que hablábamos de ellos sin mencionar sus apellidos, como si formasen parte de una familia que construíamos al alimón a medida que ensanchábamos nuestro horizonte. Dudo mucho, la verdad, que hoy figurase en ese catálogo Enmanuel, a pesar de toda esa popularidad artificial con la que ha sido bendecido. Reconozcámoslo: era otro nivel. Ni mejor ni peor, otro.

     También nosotros éramos otros, evidentemente. No es fácil suponer por dónde derivaría hoy Santos ante tantos esperpentos políticos como los que se suceden en este siglo, pero no creo que se mostrase muy activo. Recuerde usted que en sus últimos meses gustaba sobre todo de frecuentar jardines privados y mesas camilla en lugar de plazas públicas. De hecho, sufrió de una forma inesperada el atentado que llevaron a cabo los servicios secretos franceses contra el Rainbow Warrior en 1985 y convino conmigo en apartar de inmediato a François de nuestro elenco. Sin más contemplaciones. En fin, eran años de adhesiones inquebrantables y de odios repentinos. No sé, madame, si usted se acordará del Atolón de Mururoa y de aquellos ensayos nucleares. Da la impresión de que sea una historia muy antigua, incluso clausurada. Sólo la histriónica Corea del Norte protagoniza hoy esos asuntos, como si el resto del planeta fuese un lugar desnuclearizado y de la agenda de la rebeldía hubiesen desaparecido para siempre las protestas contra esa amenaza. El caso es que muchos de aquellos jóvenes irritados son los que hoy gobiernan y quizá eso lo explique en parte. Otros de ellos continúan buscando con dignidad la identidad extraviada más que el paraíso perdido. Los vi poco después de caer el muro de Berlín, en el barrio de Kreuzberg, tomando cerveza y entregados aún a una melancolía sin causa. Santos hubiera escrito una tesis al respecto.

     Bueno, posiblemente todos andemos ensimismados. Así como aquellos eran, según entonaba un grupo español del momento, malos tiempos para la lírica, los presentes lo son sin duda peores para la épica. Cosas del individualismo creciente. Yo mismo, si pienso en los mares inmensos que envuelven Mururoa, allá en la Polinesia Francesa, no es el atolón infectado lo que me viene a la cabeza sino una isla más al nordeste, Hiva Oa, en concreto la localidad de Autona, donde descansan Paul Gauguin y Jacques Brel. Es mi modo de evadirme y aislarme del drama. Aunque le confesaré que de vez en cuando recupero todavía Rebelión a bordo, cuya deriva curiosamente llevó también a aquellos marineros británicos a las playas cercanas de Pitcairn. Vuelvo entonces, como diría Melville, a sentir deseos de embarcarme de nuevo sin ruido ni alboroto.

     En fin, así seguimos y resistimos. No creo que haya sido mala idea, pues, traer a nuestra correspondencia la memoria de Simone Veil y de los Mares del Sur. Seguro que a ambos nos complace. Con afecto.

Publicado en Tam Tam Press, 16 agosto 2017

domingo, 13 de agosto de 2017

Taxi

     Pensamos con ingenuidad que nuestros problemas proceden de lo inmediato y apenas si prestamos atención a vendavales que nos parecen ajenos pero que acaban por arrastrarnos. Ocurrió así, hace diez años ahora, con las primeras tormentas de la borrasca financiera general y no se quiso ver, al menos oficialmente, porque a unos no interesaba y porque a otros les era más cómodo mirar hacia otro lado.

     Hace unos meses contemplábamos el conflicto de los estibadores como un mal ajeno a estas tierras y a estas gentes de secano. Incluso comulgábamos con las informaciones que nos presentaban a ese colectivo como privilegiado y nos sentíamos cómplices del Ministro de Fomento cuando afirmaba, y mentía con ello, que sus huelgas iban a mermar la productividad de nuestros puertos. Hoy los datos dicen lo contrario y anuncian también la llegada de nuevos propietarios para ellos, naturalmente poderosas empresas transnacionales.

     Y miramos, en fin, a los taxistas, que se andan partiendo la cara con los otros parias empleados por los negociantes de los llamados VTC (vehículos de turismo con conductor), sin reconocer en ello el olor del comercio internacional que, como en el caso de la estiba, ha situado el transporte de mercancías y de viajeros en su punto de mira y de beneficio. Es decir, nos negamos a entender que los tratados internacionales de comercio perjudican claramente lo cercano y benefician notablemente lo indefinido y distante.

     Saben los listos que no interesa tanto la especulación financiera, aunque continúe, como la depredación comercial. Que aquello, como se demostró, provoca riesgos incontrolables y que es mucho más fácil desregular otros sectores imprescindibles para la vida cotidiana. El transporte, por ejemplo, pero también la alimentación, la agricultura, la salud o los servicios. Hacia eso apuntan sin pudor ese tipo de tratados, así los ratificados ya como los en vía de negociación, y los taxistas o los estibadores son sólo sus primeras víctimas. Se ha abierto la veda.

Publicado en La Nueva Crónica, 13 agosto 2017

domingo, 6 de agosto de 2017

Sandalias

     Se llevan las sandalias. Al menos eso cuentan los innovadores del running, esa actividad que los más viejos del lugar conocíamos simplemente como correr o echar carreras. Ya no se trata de calzarse unas horrorosas zapatillas de último grito. Al contrario, lo último de verdad es la sandalia o incluso el pie descalzo. Con tatuaje, por supuesto.

     Generalizada, pues, la tonta costumbre de correr gracias a las campañas que predican la salud o la solidaridad, según casos, la industria de sus complementos crece sin límites y se supera a sí misma. Cuando ya nos habíamos vestido de todos los colores y con todos los materiales aerodinámicos inventados hasta la fecha, resulta que el modelo lo marcan de nuevo los antiguos griegos olímpicos, que se lo hacían semidesnudos, o el gran Abebe Bikila, que corrió descalzo y ganó la maratón de los Juegos de Roma en 1960. Es como si nos convirtieran en veganos del atletismo.

     Confiesan los minimalistas del calzado que de este modo la pisada es más natural, favorece un mayor contacto con el pavimento y ofrece más información sobre la carrera. Todo un manifiesto a favor del descalcismo, que no pasa desapercibido sin embargo a la industria que surte a corretones y corretonas, eso que hoy llaman runners. Basta una ojeada turbia y digital a las páginas que se dedican a ello para reconocer la magnitud del negocio y su capacidad para generarnos tendencias prescindibles. Superada al parecer la línea fluorescente y chillona, nos abruma ahora el catálogo de la desnudez bien arropada.

     En suma, lo que importa es correr aunque no se sepa hacia dónde. Hacerlo por nuestra salud mortal o para ser cómplices con otros padecimientos: ser narcisista a solas o altruista de pose en las más curiosas y diversas convocatorias. Todos y todas con nuestras vistosas camisetas, con nuestra cinta o visera en la cabeza, con las más sofisticadas aplicaciones para contar kilómetros y marcar ritmos, con unas gafas deportivas de lo más chic y ahora, además, con sandalias.

Publicado en La Nueva Crónica, 6 agosto 2017

domingo, 30 de julio de 2017

Mapas

     Nunca tuvimos tantos mapas a nuestro alcance y, sin embargo, nunca estuvimos tan desorientados como ahora. Verdad es, según nos enseñaron, que el mapa no es el territorio y siempre la realidad va muy por delante de los trazos que la dibujan. Pero la cartografía se ha desarrollado de tal modo que lo difícil es perderse. O encontrarse, según se mire. Mapas, planos, cartas, callejeros… nos rodean y nos asaltan desde todo tipo de pantallas, aunque siempre nos resultan insuficientes o no hemos sido capaces de instalar la última actualización. La definitiva.

     Ahí están, por ejemplo, los mapas del tiempo, excesivos siempre, más todavía si se acompañan de la oratoria y la gestualidad de Mónica López. Pero su éxito de audiencia (cuentan que uno de los programas más vistos en cualquier cadena televisiva es el que se encarga de la información meteorológica) no procede tanto del despliegue visual como de otros intereses muy propios de esta época: la preocupación por lo que no preocupa en detrimento de lo que debiera preocupar y la necesidad de certezas sobre el futuro incierto.

     En el fondo, el interés por el mapa del tiempo no es otra cosa que el interés por un futuro calculado, medido en predicciones aritméticas y definido de forma alegre y vistosa, incluso cuando se anuncian tormentas u olas de calor. Todos quisiéramos disponer de una bola de cristal que nos revelara el porvenir con precisión meteorológica, un anticiclón por aquí, una borrasca por allá, un frente ocluido por el otro lado y así sucesivamente. Es la necesidad de certezas la que alimenta el interés por ese mapa del tiempo tan cabal, no ya el anticipo del paraguas para el día siguiente o el tempero para las labores agrícolas. Es en suma la naturaleza de esta época tan necesitada de algún tipo de asidero que nos permita adivinar lo que va a ser de nosotros. Por desgracia, ese futuro no lo definen ya ni la política ni la sabiduría académica. Se encargan de ello, como si tal cosa, los hombres y las mujeres del tiempo.

Publicado en La Nueva Crónica, 30 julio 2017

domingo, 23 de julio de 2017

Desconectar

     Años atrás, nadie se hubiera referido a las vacaciones como un periodo para desconectar. ¿De qué o cómo?, se hubieran preguntado. Ahora, sin embargo, en este reino de frases hechas, el tópico se repite sin pausa y sin reflexión alguna, sin caer en la cuenta de la falsedad del mismo, conformados y contentos con su insistencia como si la realidad no fuera exactamente la contraria. Porque la vacación, tal y como se la dirige en la actualidad, no es en el fondo más que la supina confirmación de nuestras conexiones con el guión preestablecido. También en él están escritos los viajes, los aeropuertos, los festivales, los hoteles, las casas rurales, las paellas sospechosas, las playas y las tarjetas de crédito que financian esa ilusoria desconexión.

     Más aún si uno elige, por ejemplo, la ciudad de Vigo para llevar a cabo esa presunta interrupción en el sistema, soñando quizá con que las Islas Cíes son todavía las Islas Cíes y no una romería debidamente controlada. Y más, qué le vamos a hacer, si nos damos de bruces en una rotonda con una gigantesca pantalla circular, a la que su alcalde llama obra de la modernidad y que otros portavoces oficiales explican como una forma de humanizar el entorno urbano. Desde luego, en el mundo de las corporaciones municipales siempre cabe la posibilidad de empeorar en términos de estupidez, por más que el listón nos parezca insuperable. ¿De verdad se puede desconectar de algo ante una pantalla semejante u otras que nos asaltan en cualquier rincón del mundo? Pronto los cementerios dispondrán de wifi.

     Si bien se piensa, sólo hay dos espacios ajenos en verdad a todo enlace mecánico o electrónico, y son los mismos que perduran desde el principio de los tiempos: la faena en el huerto o en el jardín apartados y la lectura en el sillón orejero. Todo lo demás son pamplinas o invenciones del mercado. Este último en particular conoce como nadie nuestro afán por desconectar y pone a nuestro servicio, previo pago, todo un sinfín de vistosas conexiones.

Publicado en La Nueva Crónica, 23 julio 2017

domingo, 16 de julio de 2017

Fiestas

     El ecuador del mes de julio, lo mismo que el de agosto, sorprende a los ojos por esas carreteras de dios con un estallido de carteles fluorescentes. Son anuncios de fiestas locales que tratan de llamar la atención de indígenas y viajeros. Y ya lo creo que lo consiguen, aunque no tanto por el programa expuesto en ellos, que suele ser repetido de año en año y casi calcado de una localidad a otra.

     Las fiestas de nuestros pueblos apenas han evolucionado en las últimas décadas. Siguen conservando intacta la llamada a un acto religioso central, en torno al cual hay verbenas, juegos infantiles y alguna actividad llamada tradicional. Por el camino, sólo han perdido la música en directo apoyada en pasodobles y rumbas, sustituida por artificios, y el casposo partido de fútbol entre solteros y casados que, evidentemente, ya no daba más de sí. Los más progresistas y con posibles llegan a introducir algún mercadillo o incluso un toque cultural complementario. El resto sigue a pelo gracias al chocolate, las sopas o las sardinas a altas horas de la madrugada. Es lo que hay.

     Ahora bien, lo que florece, al hilo de otras modas, son los festivales de todo tipo y pelaje, convertidos en comunión veraniega obligatoria si uno pretende estar a la última. No como tiempo atrás, cuando a lo más que se aspiraba era a viajar a Ortigueira para escuchar a Gwendal. En esto sí que se ha producido un cambio notable, aunque nada ajeno a los movimientos convulsos de masas que poco tienen que ver con la música en sí.

     Y, en fin, lo que también ha hecho furor, porque el marketing así lo quiere, son las ferias, herederas en teoría del ancestral comercio nómada que también era motivo de celebración para lugareños y lugareñas. Cualquier ayuntamiento que se precie anuncia hoy una feria, pero no tanto para solaz de sus habitantes como para reclamo de foráneos, que acuden prestos a darse una pátina rústica a base de mieles, ajos, botijos y otras mercancías presuntamente naturales. Y así hasta el año que viene.

Publicado en La Nueva Crónica, 16 julio 2017

viernes, 14 de julio de 2017

Mesidor 17

     Recordará usted, estimada Jane, que Santos y yo solíamos celebrar este día 14 de Mesidor. Contra lo que cantaba Brassens, que era casi un dios, nuestra blasfemia venía justificada por otro tipo de devoción bien alejada de la exaltación patriótica. Por eso precisamente vuelvo ahora sobre esa fecha para dar continuidad a este epistolario y a los ritos interrumpidos de forma tan abrupta.

     Cuando él y yo nos conocimos en la universidad, descubrimos que nuestra común francofilia había nacido a la par en el primer año del bachillerato. Para unos tipos como nosotros, a finales de los años sesenta, el planeta se había limitado hasta entonces a Palomares y su entorno y al barrio de la Vega y sus arrabales. Poco más. De modo que el estudio del francés fue en verdad el descubrimiento del mundo, la revelación de que más allá de nuestros paisajes cotidianos limitados había otra vida y que era hermosa. Con el tiempo, de confesión en confesión, supimos uno y otro que ambos la habíamos situado a usted, junto a otros astros, en el eje de ese nuevo universo. De modo que en esto consiste la vida, en construir una mitología personal más allá de herencias genéticas y ambientales. Y, claro, cuando esa mitología es compartida, inevitablemente se transforma en una religión, aunque sólo sean dos sus feligreses.

     En esa arquitectura se inserta, pues, la fecha en cuestión. Así como jugábamos con el nombre de los meses o nos colocábamos un ramito de muguet en la solapa cada primero de mayo para afrancesar las marchas del trabajo, aprovechábamos la fiesta francesa por antonomasia para intercambiar presentes más simbólicos que otra cosa: pequeños descubrimientos, literarios o musicales sobre todo y también algo que tuviera que ver con el cine, que poníamos el uno al alcance del otro. Así compartimos por primera vez À bout de souffle, la película de Godard, y así caímos rendidos los dos ante Belmondo y Seberg. Aunque el gran chasco me lo llevé yo al regresar de mi primer viaje a Francia en el verano de 1980. Descubrí en Burdeos a una cantante que me llamó la atención, Isabelle Mayereau, y decidí comprar un disco suyo para Santos coincidiendo con aquella celebración anual. Se lo entregué emocionado. Él observó el retrato de la portada y, sin más, sentenció: “Tiene demasiada pinta de profesora de inglés… Mejor guárdalo tú”. Supe entonces que su práctica religiosa era mucho más ortodoxa que la mía y que su fe tendía inexorablemente a estrecharse.

     Al año siguiente, lo recordará usted bien, viajamos juntos a París. La tarde de aquel día 14 me propuso que nos acercásemos hasta la rue de Verneuil, donde usted residía con Lucien. No le acompañé, ya sabe, porque yo era entonces, quizá lo sigo siendo, muchos más idealista o más cobarde, según se mire, y le dejé ir. El resultado de aquella aventura lo conoce usted bien y no necesito evocarlo ahora. El caso es que, como suele decirse, ahí empezó todo. O bien comenzó a reescribirse de otra forma. Sin ir más lejos, el asunto que hoy motiva esta carta se fue difuminando hasta morir definitivamente tres años después. El tiempo de los juegos había tocado a su fin y Santos navegaba ya por otros mares, así en los sentimientos como en su devenir laboral. Hasta el final.

     Así pues, estimada señora, un servidor, de naturaleza fetichista en algunos aspectos, prosiguió no obstante con la ceremonia estival con absoluta devoción. De tal modo, que años llevo ya inaugurando esta estación en el momento exacto en que las ruedas empiezan a girar en el Tour deFrancia y saludando cada mañana del 14 de Mesidor con una melodía venida del norte. Le confesaré que para esta ocasión he seleccionado un disco suyo, aunque debe comprender que no siempre ha sido así. No llego a tanto. Enfants d’hiver, que es el título elegido, me ayudará de paso a soportar los calores que nos castigan: “Hay un país / inexplicable, / inaccesible / como los muertos. / He pasado mi vida buscándolo. / Como una película en súper ocho / rebobino mi vida”.

     Con todo aprecio, Madame.

Publicado en Tam Tam Press, 14 julio 2017

domingo, 9 de julio de 2017

Conciliar

     El progreso de la temporada estival ha devuelto a la primera página de los informativos, especialmente a los de la televisión pública, un asunto que, sin ser estacional en rigor, cobra interés en cualquier periodo de vacación escolar, ya sea el de invierno, el de primavera o el de verano: la conciliación. Y salta a la pantalla de un modo poco inocente protagonizado en general por trabajadoras autónomas, por maestras y profesoras y por madres, sobre todo por las madres. Rara vez aparece un autónomo, un maestro o un padre, como si con ellos, los hombres, no fuera el tema. Es común, demasiado común, que para hablar sobre materias de conciliación se pregunte casi en exclusiva a mujeres o, como mucho, a sindicalistas, que ya se sabe que es gente lenguaraz y contestataria y que hace a todo.

     Semejante forma de proceder no es casual, como decimos, ni siquiera atribuible a la ignorancia de una redacción tan mal informada como formada con carencias. Por el contrario, son las direcciones de esos medios, directamente adoctrinadas por ideólogos y administraciones, las que indican el camino y el sentido del tratamiento de la noticia. Pretenden así reconquistar un modelo antiguo que parcelaba los temas de hombres y de mujeres y, en consecuencia, las actividades propias de los unos y de las otras. Contribuye a ello así mismo, aunque éste sea un procedimiento que viene de antiguo, toda suerte de propagandas, publicidades y otros artificios sociológicos, enardecidos en una sociedad presidida por el liberalismo de viejo cuño. Es decir, el que separa y segrega, el que crea y anima desigualdades, así entre clases sociales como entre individuos.

     No es asunto aislado lo que ocurre con la conciliación. Se trata del triunfo de la fragmentación de la realidad y de la desbocada atribución de roles específicos. Se trata de que no haya masa ni contestación articulada. Se trata de recuperar el vetusto manual de que cada uno a lo suyo y sálvese quien pueda. Se trata del poder, sencillamente.

Publicado en La Nueva Crónica, 9 julio 2017

domingo, 2 de julio de 2017

Simples

     Una persona es simple, dice María Moliner, a causa de su falta de listeza o de malicia; pero también, en un sentido más despectivo, simples son los bobos, tontos y necios. Es lo que tienen los llamados emoticones, suprema muestra de una comunicación más que simple, donde no está claro si falta inteligencia o perversidad pero que, desde luego, son la perfecta catapulta hacia la memez.

     Esos muñecos invasivos, a pesar de componer seguramente una forma de comunicación global, lo cual podría ser una gran virtud, no dicen nada sin embargo porque no apelan a la razón sino a la emoción. No hay actividad mental en ellos, sólo epidermis; no hay mensaje, sólo chasis; no hay discurso, sólo puerilidad. Su generalización, por tanto, es la generalización de un comportamiento, de una manera de pensar perezosa y de una forma de expresión apocopada.

     De ahí la gravedad de la última colonización llevada a cabo por estas figuritas, la de servir para la valoración del servicio prestado a los consumidores en un cada vez mayor número de actividades comerciales. Se trata, al parecer, de un exitoso invento venido de Finlandia, donde la empresa matriz, una startup para variar, se forra el riñón con una herramienta impensable años atrás. La atención recibida se valora con este método a través del enfado o del contento, no con la inteligencia o con la reflexión. Y de esa misma manera el ejercicio laboral se mide con la simpatía o el desagrado, no con el razonamiento o la sensatez. El uso que de este sistema de valoración pueden hacer posteriormente las empresas y su repercusión sobre el futuro de los trabajadores es, como poco, cuestionable.

     Es lo que tiene lo simple y lo que de ello hacen quienes saben utilizarlo, ya sea para medir procesos, ya sea para manipular individuos. En cualquier caso, para hacer negocio, cuanto más fácil mejor, que es lo que se lleva en estos tiempos alelados. Por ese motivo, clamar, actuar y rebelarse contra lo simple es hoy una imprescindible actitud revolucionaria.

Publicado en La Nueva Crónica, 2 julio 2017

domingo, 25 de junio de 2017

Verano

Se preguntaba y se respondía Valle Inclán por boca de Max Estrella, el personaje central de Luces de Bohemia: “¿Qué sería de este corral nublado? ¿Qué seríamos los españoles? Acaso más tristes y menos coléricos… Quizá un poco más tontos… Aunque no lo creo”.

Bueno sería, casi un siglo después, conocer cuál habría de ser el pensar y el sentir del escritor ante  un país donde el sol y su comercio se han convertido casi en el principal motor de la hacienda. Ya no es que nos marque el carácter; es que, si bien se mira, condiciona casi todo nuestro existir, así en materia laboral y económica como en comportamientos y ritos cotidianos. Sea como fuere, los meses estivales venían acompañados siempre, aparte del sol, con sensaciones placenteras que todos mimamos en nuestra memoria y trasladamos al cine y a la literatura como paraísos perdidos: bicicletas, lujurias y azoteas, fuego en el cuerpo, ventanas indiscretas… Hasta capaces éramos de deleitarnos con películas tan soporíferas hoy como Verano del 42. Así funcionan las emociones, que son sabias y que nos alejan de lo que en la actualidad destila esta estación excesiva por sus cuatro costados: alertas por olas de calor, sequías más o menos constantes, obsesión por el viaje, invasiones turísticas, incendios bárbaros y mercados de fichajes para darle al balón cuando el calor pase. No se trata de que el tiempo pasado fuese mejor, sino que la emotividad nos traiciona y el drama presente nos aturde. Y nada hay, en fin, como el marketing para manejar engaño y desconcierto y convertir así el estío en un supuesto tiempo de esplendor y de ansia donde todo se permite y que todos, en mayor o menor medida, tratamos de gozar y de calmar.

Al cabo, no encontraremos mejor estación que ésta para confirmar nuestra condición de vecinos del Callejón del Gato, con cuyas conductas grotescas Valle hubiese construido todo un cosmos sistemáticamente deformado por los espejos cóncavos. Tal vez a través de los ojos turbios del poeta ciego Max Estrella.

Publicado en La Nueva Crónica, 25 junio 2017