Blog de Ignacio Fernández

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martes, 7 de agosto de 1990

...Moi non plus (Calidoscopio francés para Santos)

    A Santos le complacía recibir visitas. Me lo confesó la primera de las veces que bajé desde la capital a Palomares, en la vega del río Tuerto. Se había refugiado allí al poco de acabar la carrera, harto como estaba de la Literatura y notablemente desencantado tras una agria traca final en Hispanoamericana. Yo preparaba oposiciones y a él me lo encontré convertido en un hombre de camilla, emparedado en la casa de sus padres y frecuentando la iglesia del pueblo, donde pasaba horas buscando rincones insólitos de su artesonado mudéjar. Creo que agradeció tanto mi llegada como yo el cocido con que nos agasajó doña Elena, su madre.


     Es verdad que parecía decaído, más sarcástico que nunca, pero conservaba intacto aquel guiño de su fantasía que tanto nos había cautivado durante los años de Facultad. Me llevó, cómo no, a su iglesia, y a través de una escalera adosada al muro ascendimos temerariamente al campanario. Desde la espadaña se abarcaba un horizonte de cultivos jóvenes, salpicado por manchas de encinas y recorrido por un camino de chopos en donde se supone que discurría el río. Santos no perdió un momento para dar rienda suelta al relato maravilloso sobre el alba de la historia en aquel paisaje, que él describía minuciosamente trabajado por la mano de antiguos colonos de Roma y regado más tarde con la sangre de escaramuzas árabes, en cuyos detalles se extendía no se sabe bien si con rigor erudito o con novelesca exuberancia. Pasaba luego al comentario del artesano que diera forma en la madera a la filigrana de aquel techo y enlazaba, sin solución de continuidad, con los pormenores de aventuras adolescentes en aquella misma altura, persiguiendo ninfas y entrando a saco en el juego amoroso, decía, de extraerse mutuamente las liendres doradas que habitaban sus cabezas. Hablaba y hablaba e iba pasando el tiempo adornándose con un discurso en el que realidad e imaginación alcanzaban su simbiosis más perfecta; como cuando anunció que muy pronto se iría a París, a pesar de no hallarse, me aseguró, en las mejores condiciones para encontrarse con Jane Birkin. Mi sorpresa fue enorme; incluso nada bien debió sentarle mi risa desconfiada porque de inmediato decidió que abandonásemos la mágica atalaya. Todavía tuvo tiempo de mostrarme viejas inscripciones en el lienzo de piedras con que se había construido la iglesia, algunas verdaderamente antiguas e incompletas, como aquella que en latín parecía decir “tristissima noctis”, y que el buen Santos, cosa que no dudo, afirmaba ser parte de un verso de Ovidio que recitaba teatralmente con dotes de finísimo rapsoda.


     Volví a Palomares a su regreso de París. Aunque incrédulo, sentía una curiosidad morbosa por el asunto de la Birkin y, en justicia cabe decirlo ahora, no la defraudó. Le encontré hundido en su sillón orejero hojeando una novela de Modiano que dijo haber adquirido en los buquinistas del Sena; así que aprovechó para abrumarme de entrada con la exhibición de los fetiches que, como él sabía, comenzarían por derribar mi fiebre inquisidora: las últimas músicas de Mayereau y de Cabrel, las más recientes ediciones de Folio, el especial de Octobres dedicado a Borges, montones de fotografías en los más heterogéneos ambientes de la capital francesa… ¡Qué hábil fue! Supo continuar su divagación por los compases de la aventura parisina deteniéndose con parsimonia en las cuestiones más triviales y tópicas, que si remar en Boulogne, que si la rue Saint-Denis, que si una exposición de Braque… hasta obligarme finalmente a que fuera yo quien arrojara la piedra primera. ¿Y lo de Jane Birkin?, le pregunté apremiado por la más traidora de las impaciencias. Entonces su carcajada estridente alteró incluso la solemnidad de su padre, que en ese instante limpiaba los cristales de sus lentes y no pudo evitar que cayeran al suelo y que se rompiera uno de ellos en pequeños fragmentos. Estaba claro que la divertida trama había hecho presa en mí y no pude esconder las señales de mi horrorosa humillación.


     Retomé el pulso de mis literaturas particulares olvidando, merced al tiempo y a la distancia, el eco burlón de aquella risa, y a medida que el calendario venció fronteras, olvidé también mi pasión por Santos, así como por sus derroches de imaginación. Apenas las cada vez más apagadas sombras de este capítulo han permanecido en mi memoria.


     Pero esta mañana he recibido una carta fechada en Burdeos y firmada por Jane Birkin. Entre asombrado y temeroso he desempolvado mi escondido francés y la he leído una, dos, varias veces. Quien la haya escrito me reclama para que busque a Santos, me dice que nada sabe de él desde hace meses, que supone que habrá vuelto a España, que había caído en un estado permanente de melancolía y que no cesaba de repetir que se sentía un hombre de camilla; la tal Jane Birkin me aclara que él le había dado mi dirección tiempo atrás recomendándole mi ayuda si su comportamiento, alguna vez, deviniera inexplicable; termina la carta insistiendo en su solicitud, asegurando su amor por Santos y anunciándome su llegada a Barajas el próximo lunes en vuelo de Air France.


     Ignoro cuál es la pirueta que el destino/amigo me reserva, qué caprichoso azar ha querido rescatarme del absurdo mundo laboral absurdo para volver a escuchar dentro de mí la agitada fuente del pasado, pero he decidido salir de inmediato hacia Palomares a la caza del fantasma muy amado. De repente se precipitan los laberintos de la existencia y nos espolean las ansias de lo que considerábamos definitivamente abandonado en una cuneta del camino. No obstante, los vicios ganados con los años me descubren dudando como no lo hubiera hecho en el tiempo aquel en que nos convivimos; quizá por eso redacto esta nota para advertir a quien la lea de la llamada que me conduce al interior, donde recobrar siquiera, en el peor de los casos, el delicioso otoño de la meseta. Por lo demás, si la fortuna no me permitiera encontrar a Santos, siempre quedará el placer de recibir con un beso a Jane. ¿Qué no hubiéramos dado por ello cuando su voz nos susurraba un mundo que se abría más allá de nuestros ojos de estudiantes provincianos?

Publicado en Diario de León (IV Premio de Relatos), 5 agosto 1990

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