Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 19 de noviembre de 2017

Manadas

     No es nada nuevo. Siempre existió una conciencia animalista. Incluso el afán domesticador, aunque fuese en principio un simple afán de supervivencia, tuvo mucho de supervivencia colaborativa. No en pie de igualdad entre especies, desde luego, pero se trató de un proceso muy alejado de la explotación intensiva, dolorosa por tanto, que ejecuta hoy el ser humano sobre animales destinados a su propia alimentación. Es más bien una forma de explotación sin medida de un recurso, tal y como ocurre con otros también naturales. Voracidad y depredación.

     En tiempos modernos, más que recientes, antes incluso de que las ideas animalistas llegarán a formalizar opciones políticas, la organización Compassion in World Farming (CIWF) contribuyó a que la legislación europea reconociera a los animales como seres que sienten. Era 1997, siete años después de que el Papa Juan Pablo II afirmara que “los animales poseen un soplo vital recibido por Dios”. Lo cual que llevamos más de veinte años tratando de fomentar el respeto hacia el otro-animal, bien sobre una base religiosa, bien sobre una base puramente humana en el mejor de los sentidos, la que atiende al sentimiento en paralelo a la razón.

     No ha sido ni es sencillo y muchas son las apelaciones a la tradición, a la necesidad o a la costumbre para continuar en la defensa de la ofensa. Sin embargo, no hay mayor afrenta a la cordura que la de aquellos que se sirven todavía de los comportamientos animales, reales o tópicos, para adoctrinar al ser humano en hábitos e ideas. Lo ha hecho la administración de Kenia al culpar al turismo gay de un encuentro sexual entre leones machos, pues, según el responsable del organismo censor, los animales han copiado “los comportamientos de parejas del mismo sexo” y por ello se encuentran poseídos por “fuerzas demoniacas”. Y lo ha hecho, mucho más cerca de nosotros, el Ministerio de Sanidad polaco al animar a los ciudadanos a reproducirse como conejos con el fin de combatir la baja natalidad. Sí, hay manadas.

Publicado en La Nueva Crónica, 19 noviembre 2017

jueves, 16 de noviembre de 2017

Brumario 17

     Bruma no es tanto el fenómeno atmosférico como la falta de claridad con que se expresan nuestros recuerdos. Así lo pienso, Jane, a medida que se suceden estas cartas que le remito, pobladas más con ecos de un pasado borroso que con la crónica de una actualidad exterior poco estimulante. Es, salvando las distancias, lo que nos enseñó el poeta José Ángel Valente: “Hablar de la propia vida es entrar de lleno en el terreno de la ficción”. Así mismo lo que escuchamos juntos, Santos y yo, en una conferencia del escritor Torrente Ballester en nuestros años de estudiantes universitarios. También la bruma me impide ser exacto, pero más o menos venía a explicar que la novela es la vida de uno mismo atravesada por la imaginación o la fantasía. Quizá por ello, quien un día recoja este epistolario y lo lea desde la distancia, temporal y emocional, pensará que hay en él más de novelesco que de real y no se equivocará. Sin embargo, usted y yo conocemos bien cuanto contiene de cierto, a pesar de las neblinas.

     Le hablo de la escritura y de nombres a ella ligados que nos alimentaron en nuestra juventud: Valente, Torrente, otros que han surgido en entregas anteriores… También, claro, Patick Modiano y Paul Verlaine. De aquel viaje bautismal a París (1981, recuerde) nos trajimos el botín de La rue des boutiques obscures y Poèmes érotiques después de pasear por librerías y buquinistas como bisoños devotos de una religión pagana. La librería Shakespeare & Company fue, por supuesto, el primer altar de nuestras oraciones, no así por comulgar con el Ulises como por santificar los mitos, que era obligación ineludible para los seminaristas de las letras. No dejábamos de ser dos aprendices del idolatrado entonces Bernard Pivot y de cuanto sabíamos (poco, muy poco en verdad) de su programa televisivo Apostrophes. Pura y simple postura la nuestra, como la de tantos otros en aquellos años.

     Leo ahora, en este periodo de mi existencia, los suplementos culturales y otras publicaciones sobre la actualidad literaria y le confieso que no llego, que la mayoría de los nombres me son ajenos y que la velocidad de títulos y reseñas devora mi afán por retener la información. Acabo desistiendo y regreso a mis lecturas habituales, como regreso al cine y a la música de siempre, todo ese velo de la historia personal que se expresa sin embargo con nitidez. Bien al contrario de lo que sucedía en aquellos años en los que éramos capaces de seguir los ritmos de las publicaciones y presumíamos de estar al día, quizá porque nuestros ritmos de lectura eran otros también y nuestros ojos no se mostraban tan turbios como en el presente. Tan sobrados andábamos que incluso nos permitíamos jugar con el porvenir y Santos y yo nos dedicábamos a aventurar quiénes de entre nuestros contemporáneos merecerían un día ser considerados clásicos. No teníamos dudas: Francisco Umbral por encima de todos.

     Embebidos andábamos por aquellos años en Mortal y rosa él y en Las ninfas yo, y en ambas ambos, casi nuestras lecturas de cabecera. Y en sus columnas periodísticas abrazadas por el título de Spleen. Sin embargo, me temo que aquel supuesto clasicismo no será tal, sobre todo si atiendo a quienes encabezan hoy la lista de lecturas requeridas en los programas doctorales de las universidades estadounidenses: Camilo José Cela y Carmen Martín Gaite. ¡Ah, Carmen Martín Gaite! ¡Ella sí! Como Torrente, nos visitó por entonces en aquella universidad expulsada del claustro urbano, con apenas una facultad y media y rodeada por campos aún sin domesticar. Se asomó a una de las ventanas del Departamento de Literatura y exclamó: “Esto sí que es un auténtico campus. ¡Tiene hasta vacas!”.

     Sí, vacas teníamos, señora, e ilusiones juveniles que nos dejaron una huella inmarcesible. Incluso, con afán de dandis, nos atrevíamos a remedar a Luis Antonio de Villena con unos guantes amarillos. Todo esto no lo vio usted, pero yo se lo cuento con idéntica devoción a la que, seguramente, empleaba Santos cuando le hablaba. En ello insistiremos, si me lo permite. Con afecto.

Publicado en Tam Tam Press, 17 noviembre 2017

domingo, 12 de noviembre de 2017

Abrigos

     Llegados los largos y severos meses de abrigo, los inconvenientes se reproducen para sus portadores, algunos de ellos verdaderamente estúpidos. Los inconvenientes, quiero decir. De entre todos ellos, uno más que pintoresco vuelve a tener por escenario la muy pintoresca estación ferroviaria de la ciudad de León.

     Ya hemos contado en otras ocasiones, pero conviene insistir ante la contumacia en el proceder, que allí, desde la llegada de la alta velocidad, se adoptaron ciertas medidas de seguridad dudosamente eficaces aunque muy aparentes y molestas. Sin llegar a las humillaciones que se viven en los aeropuertos, quienes viajan se convierten de forma automática en sospechosos y han de someterse a una norma que nadie conoce pero que se aplica de un modo inclemente. Pase que los equipajes hayan de ser revisados a través de un escáner, pase que haya que formar cola y desfilar ante los encargados de esa seguridad, privada por supuesto; pero lo que no se sostiene es que, además, sea preciso desvestirse en parte e introducir las prendas de abrigo en el mismo escáner so pretexto de ocultar en ellas armas de destrucción masiva. Como la navaja, por ejemplo, que llevo en el bolsillo del pantalón o en la liga y que no parece importar a nadie. U otras mucho más letales perfectamente disimulables. Esto parece no tener relevancia para los ingenieros del show. Y tampoco la tiene, por cierto, en otras estaciones similares, donde ese control cambio de formato a conveniencia.

     En suma, una medida de seguridad que no es universal y completa ni es medida ni es segura. Es puro teatro una vez más. De tal manera que decidí hace meses, en la anterior temporada de abrigo, interrogar a la compañía ferroviaria por estos asuntos tan impertinentes como faltos de sentido. Su departamento de atención al cliente me respondió por carta que desconocían en ese momento las razones u ordenanzas que amparaban todo esto, pero que lo iban a investigar y procederían a darme información al respecto. Hasta hoy.

Publicado en La Nueva Crónica, 12 noviembre 2017

domingo, 5 de noviembre de 2017

Estaca

     De todas las fracturas que ha producido el doble esperpento nacionalista, uno no menor es el estallido sentimental de ciertos símbolos que parecían asentados en la memoria individual y colectiva. Cuando María del Mar Bonet, el 21 de octubre en la manifestación por la liberación de “los Jordis”, entonó su canción Que volen aquesta gent?, a más de uno se nos abrieron las carnes. Algo parecido había ocurrido antes con el coro de L’estaca, la canción emblemática de Lluis Llach, convertida en comodín de una de las reivindicaciones más cínicas que se hayan conocido en las últimas décadas, lo que ha debido satisfacer bastante a ese vendedor de vinos del Priorat. Claro que el colmo de este cancionero moderno de la revolución lo ha encarnado Manolo Escobar, rancio entre los rancios, colocando en las manifestaciones de la otra orilla su hit creado para turistas bebedores de cerveza en Baleares. Ése es el estado musical del país, no muy distinto de su estado en general.

     Se dirá, por supuesto, que la izquierda divina y la eterna burguesía catalanas tienen mejor gusto con el repertorio y es verdad. Hasta los himnos nacionales de uno y otro lado resultan incomparables, a pesar de tratarse de himnos y todo lo que eso significa. Ahora bien, puesto que de himnos hablamos, el cantable de Llach lo era para varias generaciones que clamaron, sí, por la libertad y en ello se dejaron la piel, a veces literalmente. Ése era su contexto y no otro. Por esa razón, desubicado ahora, su escucha nos produce un estremecimiento doloroso, como ocurre con los sacrilegios y con las imposturas. Fue un canto común y compartido con militancia noble sin determinismos territoriales; incluso gracias a él aprendimos las primeras palabras en lengua catalana, cuyo conocimiento ampliamos gracias en gran medida a otros textos de Raimon, de Pi de la Serra, de Sisa, de Serrat, de Ovidi Montllor y de tantos otros de aquellas latitudes. Juntos forman parte de nuestro acervo cultural y son, o eran, nuestro patrimonio.

Publicado en La Nueva Crónica, 5 noviembre 2017

domingo, 29 de octubre de 2017

Ruido

     Al lado de la posverdad y de las fake-news, conceptos y procederes tan en boga, se mantiene perenne otro elemento perturbador de la comunicación al que, de tan acostumbrados,  no le prestamos prácticamente atención: el ruido. Nos enseñaron que así se denominaba a la interferencia que afecta al proceso comunicativo, desde la afonía del hablante a una letra poco clara o a la distorsión de la imagen en un vídeo, por citar algunos ejemplos. Lo novedoso de la utilización del ruido en la actualidad, lo que lo asimila con los términos arriba citados, es que en muchos casos no se trata ya de un fenómeno accidental no intencionado, sino de una actuación destinada a generar aún mayor confusión en los receptores de un mensaje.

     Sucede así que el ruido se ha hecho constante y atenta contra cualquier afán de comprensión de la realidad, hasta convertirse en el complemento ideal de las mentiras y falsedades que se nos transmiten a través de todo tipo de canales. La propia sobreinformación es el mayor de los ruidos: saturar, además de confundir, es la fórmula más adecuada para provocar la desconexión y, en consecuencia, el desentendimiento. O el alelamiento, que es también otro fin perseguido con estos mecanismos nada inocentes. De este modo, frente a la llamada sociedad de la información y del conocimiento, se alza poderosa la estrategia del alboroto y de la idiotez, que al cabo es tan definidora del mundo de hoy como aquélla.

     Así pues, conviene, para ser juiciosos y tener criterio, apartarse sí de las falacias, pero también del envoltorio estruendoso con el que son vestidas. Asistimos a sucesos históricos relevantes que van a condicionar nuestras vidas y las de generaciones futuras. Ya hemos visto en los casos del brexit o de algunas elecciones políticas la enorme capacidad de esos instrumentos para crear opinión y mover voluntades. Seamos cautos, pues, y escuchemos con reflexión. De lo contrario, nos convertiremos en una ciudadanía insensible, que en el fondo es lo que pretenden.

Publicado en La Nueva Crónica, 29 octubre 2017

domingo, 22 de octubre de 2017

Nación

     Nunca hubo una definición tan contundente del término nación como aquélla que nos inocularon en las escuelas del régimen al referirse a España: una unidad de destino en lo universal. Horas y horas de clases en Formación del Espíritu Nacional para confirmar la grandilocuencia, la megalomanía y el absolutismo con los que nos educaban. Pero a la vez simplicidad y propaganda, otros dos componentes básicos del fascismo.

     Sin embargo, no resulta tan fácil precisar este concepto hoy en día, a pesar de los alardes expresivos que nos aturden durante los últimos tiempos. De hecho, muy curioso fue leer la encuesta que el pasado 12 de octubre realizaba este diario a personalidades leonesas y de otras esferas acerca del asunto. “¿Qué es o qué significa España?” se les preguntaba y, a tenor de las respuestas, da la impresión de que las nuevas escuelas son tan simples y propagandísticas como las añejas, si bien en un sentido político distinto. Poca lucidez y mucha circunstancia se observaba en las contestaciones, lo que nos confirma la idea de que lo nacional es más bien un hecho adverbial y no sustantivo, como muchos pretenden que creamos. Más aún en estos momentos agrios. Relatos históricos, turísticos y leguleyos era lo que predominaba en el conjunto, mucho sentimentalismo decimonónico y prejuicios ideológicos. Un laberinto, en suma.

     Contribuiré a ello, si me lo permiten. Accidentalmente, nací en esta tierra, gracias a lo cual tengo un documento de identidad que me garantiza unos mínimos, cada vez más mínimos, derechos de ciudadanía, a los cuales aspiran legiones de personas desesperadas. Luego deben ser importantes. Trabajo aquí y, por tanto, aquí pago también mis impuestos para contribuir al mantenimiento de esos derechos comunes. Y hablo una lengua que va mucho más allá de estas fronteras, lo cual no me identifica sino que me expande y me mezcla con otros. Lo mismo que la cultura que la acompaña. En fin, no se me ocurre forma mejor de mostrar mi pertenencia al imperio romano.

Publicado en La Nueva Crónica, 22 octubre 2017

miércoles, 18 de octubre de 2017

Vendimiario 17

     En aquellos tiempos, tal y como denota el mes en que le escribo esta nueva carta, nos dio por la vendimia. Bien por necesidad para pagar los estudios, bien por un romanticismo impreciso, el tránsito entre septiembre y octubre nos condujo hasta los barcillares, que es como nombran por alguno de estos pagos a las viñas. De entre nosotros, las más sensatas lo hacían en entornos locales, donde el negocio de la enología era entonces apenas un embrión, pero los más fabuladores elegían el sureste francés y hacia allá se iban con afán conquistador. Y de allá regresaban entre cabizbajos y escaldados.

     Santos, sublime sin interrupción, como presumía Baudelaire, supo no obstante mantener el tipo de una forma admirable y nos enredó a su vuelta con un conocimiento inesperado acerca del vino y sus artes: el Château Margaux es nuestro destino y no cejaremos, repetía, hasta conquistar el Médoc. Al auditorio, consumidores como éramos entonces de vinos duros en tascas provincianas, aquello, como usted comprenderá, le sonaba a pura vanidad. Sin embargo, él sabía bien cómo apurar el trago hasta la ebriedad incontestable y se entretenía acto seguido en el relato ambiguo sobre la nieta de Ernest Hemingway, Margaux, cuyo nombre se debía, según él, al gusto del escritor por ese vino exquisito. Más tarde supimos que la realidad había sido otra, pero a nadie le importó: ya éramos adictos declarados a aquella confusión y a aquel emblema. Le confieso ahora, madame, que nunca he probado ese vino, pero si llego a hacerlo algún día será sin duda para honrar la memoria de aquellos vendimiadores iluminados.

     Hubo otras Margot en nuestra vida, algunas de escritura más corriente pero todas con parecida hechura literaria. Recordará usted sin duda a la Brave Margot de Brassens, la joven pastora que amamantaba a un gato huérfano hasta que las mujeres de la localidad, ebrias de cólera, acabaron con él a bastonazos. O a La reina Margot, Marguerite de Valois encarnada en Isabelle Adjani, versión a la que no llegó Santos desgraciadamente, pues la fatalidad de su destino le dejó aparcado en la novela romántica de Alejandro Dumas. O, en fin, una tercera Margot fantasmal, que se nos apareció una tarde a orillas del Cantábrico para conducirnos a una bucólica fiesta de la luna llena donde no dejaba de sonar Like a rolling stone, tras la cual se evaporó y nunca más supimos de ella. Nombres e historias que se amontonan en el recuerdo como hojarasca de un otoño sentimental. En ella se mezclan y fermentan tal que el humus para dar lugar a relatos que se escriben o se cuentan sencillamente en reuniones hogareñas que llamábamos por aquí filandones o calechos.

     Siempre la hojarasca tuvo, a mi modo de ver, esa doble cualidad: lo que muere y lo que renace una vez descompuesto. De ahí quizá la devoción que he sentido, que sentíamos Santos y yo, por esa canción que usted ha regrabado recientemente: Las hojas muertas, heredera de la original y gloriosa de Yves Montand, recreada después por Sege Gainsbourg como La chanson de Prévert y finalmente orquestada para su acompañamiento en el disco esplendoroso que no dejo de escuchar. Sabrá usted, Jane, que hay dos eslabones más en esa cadena, y seguramente otros que desconocemos, que me permito aquí sugerirle para acompañar estos meses de desnudez. Allá por 1999, un dúo de vida efímera, El cometa errante se llamaba, la trasladó de forma sui géneris a la lengua castellana y le gustará, creo, escucharla en alguno de esos rincones de la red por donde vaga todavía. Unos años más tarde, fue el encantador de audiencias Kevin Johansen quien la volvió a registrar con una especie de desabrigo abrasador. Ve usted, es lo que tiene la hojarasca.

     Tiempos, pues, de hojas muertas y de buenos vinos son los que quedan anotados en esta carta. A pesar de que nuestros alrededores no concuerden bien con esa pauta y nos aturdan, bueno es que respiremos algo de lírica. À la prochaine.

Publicado en Tam Tam Press, 18 octubre 2017

domingo, 15 de octubre de 2017

Estancos

     Quizá la modernidad resida en los estancos. O en las farmacias. Dos establecimientos que, entre la vida y la muerte, cada vez tienen más parecidos entre sí: unos y otras con sus lámparas led en las fachadas alumbrando como faros el horizonte de las calles, con sus anaqueles simétricos y bien dispuestos llenos de productos atractivos y variados, con su claridad interior y sus escaparates vistosos, con sus relojes y termómetros digitales, hasta con horario de guardia en algún caso.

     Las farmacias evolucionaron hacia el estilo supermercado aséptico hace tiempo. Los estancos lo van haciendo poco a poco, alejándose de los rincones oscuros que fueron en origen y, como aquéllas, diversificando la oferta en pos de una clientela más y más perseguida. Hoy unas y otros son espacios atractivos donde dan ganas de entrar y consumir. La vida y la muerte son el reclamo principal, siempre tan de la mano, siempre tan complementarias, un antibiótico por aquí y un cigarrillo por allá.

     Con todo, yo prefiero los estancos. Por toxicómano, desde luego, pero también por su clientela, que es donde se notan todavía las diferencias entre ambos comercios. Frente a los enfermos recetados, nada mejor que los enfermos devotos, mucho más sociables y dispuestos a compartir sus mercancías, protagonistas de conversaciones bastante menos sublimes y actores de su propia cotidianidad. Incluso los dependientes son de otra pasta, dicharacheros y animosos, sin batas blancas ni sonrisas esterilizadas. Hay ambiente en esos lugares, podría decirse. La pena reside precisamente en el aspecto común de los decorados, que responden a ese aire homogeneizador que lo invade todo en nuestro entorno, tanto da una oficina de correos que una tienda bio. Al menos, eso sí, ya no lucen la bandera con que obligatoriamente se adornaban tiempo atrás, que daba la impresión de que se entraba más bien en un cuartel de la guardia civil. Tal vez porque banderas es lo que nos anda sobrando a estas alturas de la vida y de la muerte.

Publicado en La Nueva Crónica, 15 octubre 2017

lunes, 9 de octubre de 2017

Che

9 de octubre de 1967, la fecha de la muerte de Ernesto Che Guevara, hace cincuenta años de ello. Leí al respecto que hablar del Che es hablar de alguien que juzgó su peripecia como “la historia de un fracaso”; alguien que en un momento de su vida se calificó como “una fría y selectiva máquina de matar”, aunque no haya campaña pacifista en el mundo sin su rostro flameando en alguna bandera; alguien que se opuso con fiereza a los valores del capitalismo y, sin embargo, en internet se venden centenares de fetiches con su imagen; alguien que descreía del tópico héroe americano, aunque Hollywood ha acabado devorándolo y lo ha representado a través de Omar Sharif, Antonio Banderas, Gael García Bernal y Benicio del Toro. Hablamos de alguien que firmó los billetes con desprecio y llegó a predecir el fin del dinero, y que en cambio hoy aparece –no su firma, sino su cara, esa marca no del todo registrada- en dinero que manosea cualquiera. Su prototipo de ser humano buscaba un hombre nuevo, sin vicios, aunque ahí está él, volando en un coffee-shop de Amsterdam bien fumado y con los ojos perdidos… Todo debió empezar con una canción, más o menos así: Hasta siempre, comandante de Carlos Puebla y los Tradicionales [https://www.youtube.com/watch?v=I-064cEZfK8].

Naturalmente, excesivas serán sin duda las muestras, sacras y profanas, en este altar del calendario, tantas como para guardar mejor un discreto silencio. No obstante, decenas de canciones, decenas de poemas han tenido al Che como elemento generador, y no podía Moderato Cantábile evitar la exploración de ese lado del mito. Porque, aparte de los textos que le dedicaron, entre otros, León Felipe, Vicente Aleixandre, José Ángel Valente, Manuel Vázquez Montalbán, Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Mario Benedetti y hasta Victoriano Crémer, el cancionero tiene en él una cita repetida y jugosa que conviene repasar. El cantable citado antes, desde luego, inspirador a su vez de numerosísimas versiones, de las que no podemos desdeñar un par de ellas bien distantes: la muy extraña del británico Robert Wyatt [https://www.youtube.com/watch?v=knaKOMgZi4M] y la muy contundente de los madrileños Boikot [https://www.youtube.com/watch?v=q8wiUXX20lk]. Pero hay más, mucho más, como escucharemos a continuación.

El cancionero guevariano tiene, como casi todo en él, dos rostros, dos polos no opuestos que responden, sin embargo, a motivaciones diferentes. De un lado, los cantos de exaltación y de homenaje, que lo son en cierto modo también de reproche por el destino. De otro, los cantos de vuelta, los que se escribieron y cantaron mucho después de los hechos, una mezcla de melancolía y de escepticismo.

A la cabeza de los primeros se sitúa sin ningún tipo de discusión el Soldadito boliviano, ya sea en la versión que firmó originalmente Paco Ibáñez [https://www.youtube.com/watch?v=pcZ09xHLvsU], ya sea en la más tardía de la argentina Nacha Guevara [https://www.youtube.com/watch?v=SUcoArJNUcE], ambas imprescindibles. El caso es que este caudal fue fecundo sobre todo en Latinoamérica, no sólo por ser el escenario de la obra sino por complicidades más que evidentes. Se ven con claridad en el caso de Pablo Milanés, que canta Si el poeta eres tú (con introducción aquí de Cortázar) [https://www.youtube.com/watch?v=njypdiuY3rU]; pero también, claro, en el de Quilapayún, que entonaron su Elegía al Che [https://www.youtube.com/watch?v=r9jj1JOJsvA], y en el de Víctor Jara, que extendió un poco más el contenido de su canto en A Cuba [https://www.youtube.com/watch?v=XGXk0iPxvAI]. Pero tampoco se puede ignorar la buena dosis de connivencia en la Nana del Che del reactualizado Luis Pastor [https://www.youtube.com/watch?v=SYFKQYu96eg] o La mort du Che del francés Lavilliers [https://www.youtube.com/watch?v=XaqADoHmMu4]. Repite este último en el estribillo: “En octubre 67 en la Sierra, / Ernesto Che Guevara ha alcanzado su independencia. / Qué soledad, qué andanza”.

Del otro lado, como indicábamos, se extiende, sin sustituir a aquél, otro cancionero menos glorioso, donde la figura del Che es referente también, pero se le canta con desconfianza, incluso con desidia o indolencia. También el tiempo erosiona los mitos a la vez que nos erosiona a nosotros mismos.

Acerca del mercado urdido alrededor de este hombre, se expresa con ironía Kevin Johansen en McGuevara’s o CheDonald’s [https://www.youtube.com/watch?v=32aUM4iFG0c], aunque salva el tipo dignamente sea cual sea el punto de vista. No sucede así con Ismael Serrano en Papá, cuéntame otra vez [https://www.youtube.com/watch?v=wSCUV7ysBbI], donde se consagra como un cantante tópico que canta tópicos, un anticipo avant la lettre de la serie televisiva del mismo título. Aroma a naftalina y mal rollo. Y más desoladores resultan, en fin, las visiones francesas de Abd Al Malik en La gravité [https://www.youtube.com/watch?v=bny8nFTsDrU] y de Les fatals Picards en Comandante [https://www.youtube.com/watch?v=7XeXKmGglB4]. Recita el primero: “Causar daño a la burguesía como el Che Guevara, levantarse cada mañana sin realmente saber por qué, sufrir del sinsentido, una enfermedad que no ahorra ningún personaje. Yo vengo de un lugar donde nada es verdaderamente grave”; y lo contrarrestan los de la Picardía con un cóctel bien distinto pero igual de sincero: “Revolución, revolución, viva tequila, viva Guevara, viva la fiesta, viva la playa”.


Para el final hemos dejado un fragmento de un ensayo del cubano Iván de la Nuez y un grupo argentino. El primero escribió hace unos años: “Era en Berlín occidental, y no en el Berlín comunista, donde se vendían más objetos del Che. Y tuvo que ser un shock para los alemanes de la antigua RDA descubrir que, entre los elegantes comercios de Charlottenburg, al otro lado de aquel muro que ellos mismo derribaron, hay una tienda dedicada exclusivamente a este hombre que debe haberles provocado más de una pesadilla en su pasado comunista. Para la izquierda radical, el fetiche del Che significa una victoria cultural después de una derrota política. Para la derecha radical, el fetiche del Che significa una derrota cultural después de una vitoria política”. Y el grupo no es otro que Los fabulosos Cadillacs: en su canción Gallo rojo [https://www.youtube.com/watch?v=EC8lse7va-8], sin ser explícita, se descubre aún una imagen del, según Max Aub, “único caudillo de nuestra época muerto en el campo de batalla”.

domingo, 8 de octubre de 2017

Regiones

     Desde los muros desmoronados de Quevedo, pasando por la depresión noventayochista, hasta este octubre inquieto, España siempre ha padecido cíclicas crisis existenciales nunca bien resueltas. Intentos ha habido con relativo éxito: las constituciones de 1812, de 1931 y de 1978 lo fueron sin duda, aunque por diversas razones ninguna de ellas solucionó adecuadamente el mapa. Aparte de por otras causas, quizá porque el mapa, todos los mapas, es dinámico e inestable. Y esto no sucede sólo al sur de los Pirineos, sino en el conjunto del continente europeo donde, desde antiguo, chocan una y otra vez las tesis de Kant y de Hegel, o lo que es lo mismo, la visión cosmopolita del primero y la opción nacionalista del segundo.

     Sabido esto, que ya es pasado repetido y presente en fase de apolillarse, bueno sería, para entender mejor lo que nos sucede y restarle dramatismo, observar la actual crisis territorial española con perspectiva de futuro y saber que un día, indeterminado aún, nada será como lo hemos conocido. De hecho, las tensiones regionales son comunes en la actualidad y los estados tienden a adelgazar o desaparecer para dar paso a entes superiores y menores: de la Europa de los estados a la Europa de las regiones, ése parece ser el rumbo de los acontecimientos y no sólo entre nosotros. Mucho tiene que ver en ello el choque entre lo global y lo local.

     Será un fenómeno normal si no es violento, que casos habrá. Checoslovaquia, que existió entre 1918 y 1992, se escindió en dos pacíficamente sin mayores estridencias. Luego es posible. Como pudo serlo en Escocia con otro resultado en su consulta. Lo que cabe preguntarse ante ese nuevo escenario es cuál será nuestra aspiración como europeos, a lo que ha respondido el filósofo italiano Roberto Esposito: “el pueblo futuro de Europa sólo puede nacer del cambio de las relaciones de fuerza entre los que retienen la riqueza y los que deben contentarse con las migajas”. Sean estados, regiones o lo que deseen ser democráticamente.

Publicado en La Nueva Crónica, 8 octubre 2017

domingo, 1 de octubre de 2017

Irse

     Lo difícil no es irse sino saber adónde se va. Al fin y al cabo, como bien ha dicho Serrat, “independencia es una palabra hermosa que inflama el corazón de los jóvenes y que moviliza a las gentes”. Por eso precisamente, en época adolescente o juvenil, todos hemos querido irnos de casa y liberarnos de cualquier tipo de patria, tutela o servidumbre. El inconveniente es que, salvo en el caso de los más osados, de cuya peripecia no daré detalles pues se suponen, casi todos terminábamos refugiados en casa de los abuelos, que también era otra patria aunque nos pareciese almohadillada. Y si la voluntad de ausentarse se produce en edades posteriores, lo más probable es que arrastremos con nosotros un déficit no curado de etapas precedentes o que el adanismo sea nuestra sola y huérfana idea. En tal caso, no suele haber abuelos ni abuelas que nos asilen sino una inmensa y hostil intemperie.

     De todos modos, bien está saber, para no errar demasiado, que aquello que nos resta independencia es la patria, la tutela o la servidumbre. Si uno no se libera de esas ataduras difícilmente dejará de ser dependiente. En ocasiones esa dependencia se pacta y por ese motivo se acuerdan leyes o se asumen costumbres, cuyo principal objetivo debiera ser la protección de lo más débiles con el fin de asegurar niveles suficientes de igualdad. En otras ocasiones la tal dependencia se impone y, por tanto, se justifica la rebeldía contra el yugo, aunque no para sustituirlo, salvo manipulación, por otro de parecido calibre. No hacen falta alforjas para tal viaje. Por último, cabe la posibilidad de que el individuo, más o menos libremente, se deje domesticar por sus propias ligaduras y presuma de independiente para demostrar exactamente lo que no es y presumir de lo que carece.

     Lo cierto es que el exceso de banderas de todo tipo que sufrimos estos días demuestra que, contra lo que pensábamos, patrias, tutelas y servidumbres siguen ganando la batalla y la emancipación se aleja. En verdad, dan ganas de irse.

Publicado en La Nueva Crónica, 1 octubre 2017

domingo, 24 de septiembre de 2017

Empresarios

     Nadie puede discutir los méritos de quienes han merecido en los dos últimos años el galardón como empresario leonés del año. Tampoco, naturalmente, los criterios que guían en su elección a la organización empresarial patrocinadora de dicho premio. Sin embargo, una tendencia se consolida en esas últimas ediciones que sintoniza con un sentir local tan decadente como dado a lo espectacular. Que la hostelería y el show protagonicen la distinción a las empresas leonesas tiene poco que ver con un modelo productivo estratégico y mucho más, sin embargo, con actividades subalternas, las de los servicios con escaso valor añadido.
     Cierto es que desde otras plataformas se destacan iniciativas innovadoras, que haberlas haylas, generalmente mucho más jóvenes, y cierto también que ese tipo de laureles atienden por norma a carreras consolidadas; pero no se debe olvidar, no lo debe hacer la organización empresarial más representativa, que semejantes convocatorias incluyen así mismo un significado didáctico para el resto de la sociedad, es decir, para los no empresarios o empresarias.

     En fin, los premios son lo que son y siempre levantan polémicas inevitables, incluso bulos, como ha ocurrido recientemente con otro showman, Pablo Motos, pero si algo merece la pena en ellos es precisamente ese sentido pedagógico o de muestra para terceros. Sus ganadores se convierten en modelo o en referencia, como se dice ahora, pero además connotan. Es decir, sugieren o añaden un alcance indirecto. En el caso que nos ocupa, el de las empresas, esa connotación es más que relevante en unos tiempos y en una geografía tan necesitados de ella.

     Ésa es la crítica que merece la federación empresarial, no así los premiados, pues desaprovecha la oportunidad para realizar una apuesta más arriesgada que nos permita a los comunes pensar que hay en el entorno algo más que moho. A no ser, claro, que los arriesgados no formen parte del clan, que no estén asociados, lo cual, francamente, no deja de ser otra calamidad.

Publicado en La Nueva Crónica, 24 septiembre 2017

domingo, 17 de septiembre de 2017

Urnas

     La democracia es un concepto y un comportamiento que tienden fácilmente a la sinécdoque. Esto es: se toma la parte por el todo y se queda uno tan ancho. Es lo que sucede con el recurso a las urnas: justifica un todo que no siempre es coherente con otros detalles necesarios para el concepto y para el comportamiento democráticos.

     Durante mi ejercicio docente, caí en un instituto donde los conflictos que se suscitaban en el claustro acerca de la organización escolar o del proyecto educativo eran automáticamente resueltos por la dirección recurriendo a las urnas. Naturalmente, nada se solucionaba por esa vía, mientras que se perpetuaba una opinión, mayoritaria sí, y crecía de vez en vez la mayoría silenciosa, los que no se pronunciaban. Al concluir aquel curso, la opción vencedora fue la abstención, pero los problemas seguían ahí. Algo hicimos mal todos: la dirección porque se enrocó en un mecanismo legal como si fuera sagrado; la minoría porque no supimos dotarnos de otros argumentos que los del malditismo; y los mudos porque demostraron con su inopia que los cascos azules no sirven para nada.

     Estas cosas suceden en cualquier organización humana. Mucho más si existe un déficit democrático en las élites gobernantes, que se hereda a través de la familia o de la grey. Más si se trata de un país donde la enfermedad nacionalista, de todo tipo y origen, no ha sanado nunca. Y todavía más si las presuntas alternativas nadan entre dos aguas para no mojarse la ropa. En suma, como en aquel instituto, algo hacemos mal todos (no el mismo mal, desde luego) y lo único que se fomenta es el absentismo democrático de la gente.

     Aun con todo, no es la sinécdoque el único efecto lingüístico perverso que en este caso se ha enseñoreado de la vida pública española (y catalana, claro). Más miedo dan los anacolutos. Tenemos claros defectos semánticos, pero también sintácticos en la expresión de nuestro pensamiento democrático. Por eso precisamente son como son muchos de nuestros comportamientos.

Publicado en La Nueva Crónica, 17 septiembre 2017

jueves, 14 de septiembre de 2017

Fructidor 17

     Desde la esquina última del verano, señora, donde cuentan que el sol acaricia en su caída la constelación de Virgo, vuelvo a usted para constatar cómo crece nuestra colección de necrológicas. No es morbo sino coincidencia que los años convierten en abundancia a veces insoportable. No le hablaré mucho de Jeanne Moreau, ida en este estío, como no lo hice el mes pasado sobre Simone Veil. No son nuestras cartas un obituario, y si traigo a colación la referencia a la Moreau lo hago por pura devoción y porque también Santos la veneraba. Al menos en lo que hace a su papelito fugaz en Los 400 golpes o en el estelar de Jules et Jim. Para mí, lo confieso, también por su interpretación del personaje de Anne Desbarredes, la mujer borrosa de Moderato Cantábile, imaginado por Marguerite Duras y filmado después por Peter Brook.

     Observe, pues, cómo se nos acumulan nombres que tarde o temprano son pérdidas. Durante una época de nuestra existencia, quiero pensar que sobre todo en la juventud o primera madurez, los vamos acopiando con mimo del mismo modo que obrábamos con las colecciones de cromos en la infancia. Luego, nunca se sabe cuándo, el catálogo empieza a menguar, al principio con parsimonia pero a partir de un determinado momento con excesivo vértigo. Y así la vida se convierte sin querer en un álbum de epitafios. Usted lo sabe bien en lo cercano si pensamos en Lucien o en Kate. Yo empecé a saberlo a partir del accidente mortal de Santos. Hasta ese día tanto él como yo nos creíamos infinitos.

     En cierta ocasión, me refirió una discusión que había mantenido en el bar de Palomares con algunos parroquianos acerca del valor de los refranes. Ya sabe, esos dichos sentenciosos tan del gusto popular. Pues bien, él se había obcecado en que el refranero era una construcción reaccionaria y que había de ser combatida por la razón. “Odio que me recuerden que la salud es lo más importante o que no hay mal que cien años dure”, me contaba a propósito de aquello. No se lo discutí nunca porque ingenuamente también yo sabía que estaba en lo cierto. De hecho, no sé a usted, a mí aún me vive el mal de su pérdida a pesar de los años, que no son cien aunque alcanzan ya la categoría de eternidad.

     El fallecimiento precipitado de Santos fue, sin embargo, la confirmación del tópico: “siempre se nos van los mejores”, se repetía en el atrio de la iglesia de su pueblo. En realidad, la mayor parte de cuantos estábamos allí no sabíamos qué otra cosa decir, posiblemente era aquél el primer funeral de uno de los nuestros y el infarto mental era de tal calibre que no cabía otra que recurrir a lo que habíamos escuchado y despreciado en ceremonias similares. O tal vez no. Tal vez fuera cierto que se iba el mejor. El mejor de los nuestros entonces, el de mayor genio al menos. Nuestro talento, que no discuto en muchas de las amistades allí congregadas, nunca hizo sombra a su clarividencia. Nuestro humor no llegaba a las botas de su ironía. Nuestro saber quedó fatalmente amputado.

     Mas no era mi intención en un principio convertir nuestras cartas en un ir y venir de elegías, bien a pesar de que los tiempos nos abonen el terreno con estos sucesivos fundidos en negro y con otros horrores que no dejan nunca de golpearnos. A veces se me ocurre pensar si no desaparecerá también con nosotros ese género en la medida en que lo que se anuncia para los jóvenes millennials es la no muerte. En fin, Jane, vivir a caballo de dos siglos tiene estas consecuencias: uno no sabe bien si es pasado o si es futuro, si uno es lo que se hizo o si llegará a ser lo todavía por hacerse. De manera que procuraré ser más animoso con usted en próximos envíos, aunque tampoco se lo puedo garantizar del todo. La columna cristiana, de la que nunca lograremos desprendernos, nos llevaba a Santos y a mí, en aquellos años, a tener fe en la providencia. Así que proveeremos, madame, proveeremos.

     Y mientras tanto, dejemos pasar septiembre, que es un mes que tiende a la melancolía.

Publicado en Tam Tam Press, 13 septiembre 2017

domingo, 10 de septiembre de 2017

Becas

     Leemos noticias que parecen simples datos estadísticos, con su infografía y sus hojas de cálculo para darles vistosidad, y sin embargo no nos detenemos con la misma meticulosidad en su significado y en su consecuencia. Ocurre así, ahora que vuelve el curso escolar a la casilla inicial, con el asunto de las becas. No tanto con sus cuantías y coberturas, mermadas desde hace años sin ningún pudor, sino en su conversión paradójica en un nuevo instrumento para la desigualdad.

     Una vez conquistadas las enseñanzas obligatorias y anexas por la iniciativa privada a lo largo de las últimas décadas, con el correspondiente plácet de los gobiernos sucesivos y el apoyo decisivo de fondos públicos, llega el turno ahora a la definitiva colonización del sistema en sus universidades. En este caso ya no se trata de concertar, pues sería excesivo, pero sí de dirigir mediante mapas de titulaciones y de derivar alumnado mediante concesión de becas. De este modo, a nadie sorprenderá  ya que entre las 20 universidades donde más aumentaron las becas del Estado durante el pasado curso 14 sean privadas. No es sólo que siga creciendo el número de estos establecimientos, sino que su negocio se respalda de nuevo con fondos públicos mediante la creciente concesión de becas, lo que les garantiza una matrícula que se resta a los centros públicos.

     La segregación y el privilegio que genera esta política arbotante de lo privado frente a lo público no son menores. Pongamos un ejemplo no local para no herir sensibilidades. Según un reciente informe sobre movilidad social publicado por el Gobierno británico, sólo el 7% de niñas y niños británicos asiste a escuelas privadas en Reino Unido; sin embargo, en 2014 en el sector de la banca de inversión, el 34% del personal incorporado en los últimos tres años había estudiado en colegios de pago. Quizá eso explique que en España, durante los últimos cinco años, las universidades privadas hayan incrementando su cuota de mercado en el nivel de máster hasta un 31’6%.

Publicado en La Nueva Crónica, 10 septiembre 2017

domingo, 3 de septiembre de 2017

Reconectar

     Y ahora, del mismo modo que fechas atrás el tópico nos aconsejaba desconectar, no queda más remedio que reconectarse. La existencia, pues, se somete a un eterno y repetido on/of para cuyo soporte se necesita generar nuevos ídolos a corto plazo: las fiestas de la Encina o de San Froilán por lo que hace a lo local, el puente de la Constitución, las Navidades… Todo ello sazonado, inevitable y convenientemente, con la obsesión por el viaje, con los abrigos familiares y con aires festivos. Así vivimos desde que alguien decidió apoyar su índice sobre la tecla power.

     Y son cada vez más este tipo de ídolos, que no de ideas o ideales, los que presiden los ritmos del calendario y de las vidas en general: no hemos acabado de contarnos el resultado de nuestras vacaciones estivales, si las hubo, y ya estamos haciendo planes para la siguiente cita, si la hay. Lo que queda por el medio es sólo un tránsito pesado entre presumidas e ilusas desconexiones, que se sobrellevan mejor, claro, si vienen acompañadas por celebraciones imbéciles como el Halloween o el Black Friday, que también llegarán próximamente: dos ejemplos, recurrentes como una noria, de la absoluta conexión a la que estamos sometidos.

     A todos los efectos, es septiembre, más que ningún otro momento del año, el enclave para el nuevo y reiterado ensamblaje, al menos desde que la organización escolar nos fue alineando poco a poco en los usos cotidianos. Por eso regresan también en estas fechas las novedosas colecciones a los kioscos y los originales reportajes televisivos sobre la vuelta al cole, las miméticas inauguraciones de todo tipo de cursos y las redundantes ofertas de temporada.  Por regresar, incluso nos amenazan con otra edición del concurso de cantantes clónicos y, cómo no, con el enésimos menú de los cocinillas. En fin, menos mal que pronto llegará el otoño y podrán los ojos solazarse con la vejez cobre y amarilla del abedul, con el pardo apagarse de los robles y con la dulce y dorada senectud de los hayedos.

Publicado en La Nueva Crónica, 3 septiembre 2017