Blog de Ignacio Fernández

Blog de Ignacio Fernández

domingo, 16 de julio de 2017

Fiestas

     El ecuador del mes de julio, lo mismo que el de agosto, sorprende a los ojos por esas carreteras de dios con un estallido de carteles fluorescentes. Son anuncios de fiestas locales que tratan de llamar la atención de indígenas y viajeros. Y ya lo creo que lo consiguen, aunque no tanto por el programa expuesto en ellos, que suele ser repetido de año en año y casi calcado de una localidad a otra.

     Las fiestas de nuestros pueblos apenas han evolucionado en las últimas décadas. Siguen conservando intacta la llamada a un acto religioso central, en torno al cual hay verbenas, juegos infantiles y alguna actividad llamada tradicional. Por el camino, sólo han perdido la música en directo apoyada en pasodobles y rumbas, sustituida por artificios, y el casposo partido de fútbol entre solteros y casados que, evidentemente, ya no daba más de sí. Los más progresistas y con posibles llegan a introducir algún mercadillo o incluso un toque cultural complementario. El resto sigue a pelo gracias al chocolate, las sopas o las sardinas a altas horas de la madrugada. Es lo que hay.

     Ahora bien, lo que florece, al hilo de otras modas, son los festivales de todo tipo y pelaje, convertidos en comunión veraniega obligatoria si uno pretende estar a la última. No como tiempo atrás, cuando a lo más que se aspiraba era a viajar a Ortigueira para escuchar a Gwendal. En esto sí que se ha producido un cambio notable, aunque nada ajeno a los movimientos convulsos de masas que poco tienen que ver con la música en sí.

     Y, en fin, lo que también ha hecho furor, porque el marketing así lo quiere, son las ferias, herederas en teoría del ancestral comercio nómada que también era motivo de celebración para lugareños y lugareñas. Cualquier ayuntamiento que se precie anuncia hoy una feria, pero no tanto para solaz de sus habitantes como para reclamo de foráneos, que acuden prestos a darse una pátina rústica a base de mieles, ajos, botijos y otras mercancías presuntamente naturales. Y así hasta el año que viene.

Publicado en La Nueva Crónica, 16 julio 2017

viernes, 14 de julio de 2017

Mesidor 17

     Recordará usted, estimada Jane, que Santos y yo solíamos celebrar este día 14 de Mesidor. Contra lo que cantaba Brassens, que era casi un dios, nuestra blasfemia venía justificada por otro tipo de devoción bien alejada de la exaltación patriótica. Por eso precisamente vuelvo ahora sobre esa fecha para dar continuidad a este epistolario y a los ritos interrumpidos de forma tan abrupta.

     Cuando él y yo nos conocimos en la universidad, descubrimos que nuestra común francofilia había nacido a la par en el primer año del bachillerato. Para unos tipos como nosotros, a finales de los años sesenta, el planeta se había limitado hasta entonces a Palomares y su entorno y al barrio de la Vega y sus arrabales. Poco más. De modo que el estudio del francés fue en verdad el descubrimiento del mundo, la revelación de que más allá de nuestros paisajes cotidianos limitados había otra vida y que era hermosa. Con el tiempo, de confesión en confesión, supimos uno y otro que ambos la habíamos situado a usted, junto a otros astros, en el eje de ese nuevo universo. De modo que en esto consiste la vida, en construir una mitología personal más allá de herencias genéticas y ambientales. Y, claro, cuando esa mitología es compartida, inevitablemente se transforma en una religión, aunque sólo sean dos sus feligreses.

     En esa arquitectura se inserta, pues, la fecha en cuestión. Así como jugábamos con el nombre de los meses o nos colocábamos un ramito de muguet en la solapa cada primero de mayo para afrancesar las marchas del trabajo, aprovechábamos la fiesta francesa por antonomasia para intercambiar presentes más simbólicos que otra cosa: pequeños descubrimientos, literarios o musicales sobre todo y también algo que tuviera que ver con el cine, que poníamos el uno al alcance del otro. Así compartimos por primera vez À bout de souffle, la película de Godard, y así caímos rendidos los dos ante Belmondo y Seberg. Aunque el gran chasco me lo llevé yo al regresar de mi primer viaje a Francia en el verano de 1980. Descubrí en Burdeos a una cantante que me llamó la atención, Isabelle Mayereau, y decidí comprar un disco suyo para Santos coincidiendo con aquella celebración anual. Se lo entregué emocionado. Él observó el retrato de la portada y, sin más, sentenció: “Tiene demasiada pinta de profesora de inglés… Mejor guárdalo tú”. Supe entonces que su práctica religiosa era mucho más ortodoxa que la mía y que su fe tendía inexorablemente a estrecharse.

     Al año siguiente, lo recordará usted bien, viajamos juntos a París. La tarde de aquel día 14 me propuso que nos acercásemos hasta la rue de Verneuil, donde usted residía con Lucien. No le acompañé, ya sabe, porque yo era entonces, quizá lo sigo siendo, muchos más idealista o más cobarde, según se mire, y le dejé ir. El resultado de aquella aventura lo conoce usted bien y no necesito evocarlo ahora. El caso es que, como suele decirse, ahí empezó todo. O bien comenzó a reescribirse de otra forma. Sin ir más lejos, el asunto que hoy motiva esta carta se fue difuminando hasta morir definitivamente tres años después. El tiempo de los juegos había tocado a su fin y Santos navegaba ya por otros mares, así en los sentimientos como en su devenir laboral. Hasta el final.

     Así pues, estimada señora, un servidor, de naturaleza fetichista en algunos aspectos, prosiguió no obstante con la ceremonia estival con absoluta devoción. De tal modo, que años llevo ya inaugurando esta estación en el momento exacto en que las ruedas empiezan a girar en el Tour deFrancia y saludando cada mañana del 14 de Mesidor con una melodía venida del norte. Le confesaré que para esta ocasión he seleccionado un disco suyo, aunque debe comprender que no siempre ha sido así. No llego a tanto. Enfants d’hiver, que es el título elegido, me ayudará de paso a soportar los calores que nos castigan: “Hay un país / inexplicable, / inaccesible / como los muertos. / He pasado mi vida buscándolo. / Como una película en súper ocho / rebobino mi vida”.

     Con todo aprecio, Madame.

Publicado en Tam Tam Press, 14 julio 2017

domingo, 9 de julio de 2017

Conciliar

     El progreso de la temporada estival ha devuelto a la primera página de los informativos, especialmente a los de la televisión pública, un asunto que, sin ser estacional en rigor, cobra interés en cualquier periodo de vacación escolar, ya sea el de invierno, el de primavera o el de verano: la conciliación. Y salta a la pantalla de un modo poco inocente protagonizado en general por trabajadoras autónomas, por maestras y profesoras y por madres, sobre todo por las madres. Rara vez aparece un autónomo, un maestro o un padre, como si con ellos, los hombres, no fuera el tema. Es común, demasiado común, que para hablar sobre materias de conciliación se pregunte casi en exclusiva a mujeres o, como mucho, a sindicalistas, que ya se sabe que es gente lenguaraz y contestataria y que hace a todo.

     Semejante forma de proceder no es casual, como decimos, ni siquiera atribuible a la ignorancia de una redacción tan mal informada como formada con carencias. Por el contrario, son las direcciones de esos medios, directamente adoctrinadas por ideólogos y administraciones, las que indican el camino y el sentido del tratamiento de la noticia. Pretenden así reconquistar un modelo antiguo que parcelaba los temas de hombres y de mujeres y, en consecuencia, las actividades propias de los unos y de las otras. Contribuye a ello así mismo, aunque éste sea un procedimiento que viene de antiguo, toda suerte de propagandas, publicidades y otros artificios sociológicos, enardecidos en una sociedad presidida por el liberalismo de viejo cuño. Es decir, el que separa y segrega, el que crea y anima desigualdades, así entre clases sociales como entre individuos.

     No es asunto aislado lo que ocurre con la conciliación. Se trata del triunfo de la fragmentación de la realidad y de la desbocada atribución de roles específicos. Se trata de que no haya masa ni contestación articulada. Se trata de recuperar el vetusto manual de que cada uno a lo suyo y sálvese quien pueda. Se trata del poder, sencillamente.

Publicado en La Nueva Crónica, 9 julio 2017

domingo, 2 de julio de 2017

Simples

     Una persona es simple, dice María Moliner, a causa de su falta de listeza o de malicia; pero también, en un sentido más despectivo, simples son los bobos, tontos y necios. Es lo que tienen los llamados emoticones, suprema muestra de una comunicación más que simple, donde no está claro si falta inteligencia o perversidad pero que, desde luego, son la perfecta catapulta hacia la memez.

     Esos muñecos invasivos, a pesar de componer seguramente una forma de comunicación global, lo cual podría ser una gran virtud, no dicen nada sin embargo porque no apelan a la razón sino a la emoción. No hay actividad mental en ellos, sólo epidermis; no hay mensaje, sólo chasis; no hay discurso, sólo puerilidad. Su generalización, por tanto, es la generalización de un comportamiento, de una manera de pensar perezosa y de una forma de expresión apocopada.

     De ahí la gravedad de la última colonización llevada a cabo por estas figuritas, la de servir para la valoración del servicio prestado a los consumidores en un cada vez mayor número de actividades comerciales. Se trata, al parecer, de un exitoso invento venido de Finlandia, donde la empresa matriz, una startup para variar, se forra el riñón con una herramienta impensable años atrás. La atención recibida se valora con este método a través del enfado o del contento, no con la inteligencia o con la reflexión. Y de esa misma manera el ejercicio laboral se mide con la simpatía o el desagrado, no con el razonamiento o la sensatez. El uso que de este sistema de valoración pueden hacer posteriormente las empresas y su repercusión sobre el futuro de los trabajadores es, como poco, cuestionable.

     Es lo que tiene lo simple y lo que de ello hacen quienes saben utilizarlo, ya sea para medir procesos, ya sea para manipular individuos. En cualquier caso, para hacer negocio, cuanto más fácil mejor, que es lo que se lleva en estos tiempos alelados. Por ese motivo, clamar, actuar y rebelarse contra lo simple es hoy una imprescindible actitud revolucionaria.

Publicado en La Nueva Crónica, 2 julio 2017